Mataron al mensajero, pero no al mensaje: el legado moral de Ján Kuciak

21 febrero de 2018. Dos disparos en la cabeza rompen para siempre la vida y los sueños de dos jóvenes que estaban a punto de casarse. Ján Kuciak y Martina Kušnirová compartían valores, ideales y una gran pasión por la búsqueda de la verdad. Ján tenía un talento natural para la investigación, era meticuloso y tenaz, obstinado en su lucha contra la corrupción.

¿Una batalla contra los molinos de viento? Quizás. Pero ese joven realmente creía que se podía hacer algo para erradicar un verdadero flagelo de la sociedad eslovaca. A través de un profundo cambio de mentalidad, la educación y la difusión de información correcta.
Y el mensaje que nos entregó, junto con su prometida, es el rechazo a la prepotencia del poder. El rechazo a la violencia ejercida por quienes se sienten casi legitimados para dominar a otros desde su posición económica o política alcanzada pisoteando las leyes del Estado, los derechos, los valores y los principios morales.

Muchos eslovacos quisieron retomar ese legado, en la creencia de que una sociedad verdaderamente democrática debe ser construida por cada uno de nosotros, día tras día. Como en una casa, los cimientos, las paredes y el techo deben ser sólidos para garantizar la estabilidad, así la «gran casa de los ciudadanos» debe asentarse sobre los sólidos cimientos del respeto, la cooperación y la solidaridad.

Ese crimen atroz había arrojado un rayo de luz y nos hacía vislumbrar el camino a seguir en la construcción de la democracia. Lo que unió a la gente que salió a las calles no fue sólo el reclamo de verdad y justicia. Fue el deseo de dialogar, intercambiar opiniones, encontrar la unidad en una batalla común, sentirse hermanos cantando el himno nacional y tintineando las teclas. Era el deseo de crear una sociedad civil activa y responsable, de estimular un proceso de crecimiento y maduración, de promover una cultura política diferente, basada en la unidad, el entendimiento y la aceptación, no en la desintegración y la intolerancia.

¿Qué queda de aquellos días de «hermandad»?
Por supuesto la pandemia ha abierto un surco profundo dentro de nosotros, ha agudizado las tensiones y desatado conflictos. El estado de ánimo en el país ha cambiado. La solidaridad inicial dio paso al choque ideológico, al resentimiento y una mezcla de ansiedad y frustración.
La sociedad civil se enfermó, y no solo por la propagación del coronavirus. Se ha propagado un virus quizás aún más insidioso, el virus de la incomunicabilidad, esa temible temibile tendencia del «homo homini lupus» (“el hombre es el lobo del hombre”) lamentablemente siempre latente en el alma humana y que aún no se logra erradicar.

La vacuna existe, y no tiene efectos secundarios… Se llama «respeto» y se basa en la voluntad de escuchar a los demás y de discutir de forma civilizada y constructiva.
Recuperar el espíritu de aquellos días, de aquella especie de “primavera de Bratislavaes el más grande y más sincero homenaje a la memoria de Ján y Martina.

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Foto: Za slušné Slovensko (Fb)

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